Con dos cojones. Todavía me dura el pasmo, y eso que hace ya un par de días que me encontré con el reportaje publicitario poco y mal camuflado como entradilla de salud de una revista que no mencionaré (por que no me acuerdo, básicamente). Vale que no lo dijeran de forma tan exagerada, pero no nos engañemos, la cosa estaba clara:
El cambio climático puede acabar con la vida de millones de seres humanos. Eliminar de la faz de la tierra centenares de especies que han evolucionado durante miles de años para llegar hasta el día de hoy. Provocar guerras del agua, hundimientos económicos, desastres de todo tipo y condición... minucias, migajas con las que se asusta a la plebe. Lo verdaderamente importante, preciosa, es que el cambio climático supone que, si no te cuidas como te mereces por ser tú y nada más que tú, tu hermosa piel, envidia de las envidiosas que te rodean con envidia, pueda verse afectada por el aumento de la temperatura, la mayor presencia de tiempo soleado, ese viento descontrolado que tanto reseca, por Dios, etc. Así que ponte las pilas, no vaya a ser que mientras algunos científicos pierden su precioso tiempo alertando de la posibilidad de que las cotas oceánicas suban unos cuantos centímetros tú, que para algo vives en la alta sierra y todas esas gaitas ni te van ni te vienen, te encuentres de pronto ligeramente estropeado tu amado cutis por tomar el sol en tu terracita particular. Porque en este mundo todo tiene su preferencia y su orden de importancia, y vale que uno es buena persona y le horroriza que un tsunami descontrolado deje echos un asco esos arrabales caribeños tan pintorescos en su cutre pobreza que visitaste con tu churri el verano pasado, pero a la hora de la verdad no vamos a comparar esas cosas, que todo el mundo sabe que son ley de vida y que cosas veredes, Sancho, con el grave atentado que supone que tanto cambio descontrolado en el clima pueda tostarte, o provocar (Dios en su infinita bondad no lo quiera) algún grano, punto negro, o rojez varia que modifique aún infinitesimalmente la perfección que es tu rostro de marfil pulido. Hasta ahí podríamos llegar: no pasa de hoy que no haga una donación a esos perroflautas de ecologistas que, mira tú por dónde finalmente van a servir para algo.
Pero que no cunda el pánico. Hoy en día las ciencias avanzan que es una barbaridad. Quizá sea tarde para salvar a las ballenas o para que la Antártida (que, bueno, la verdad es que tampoco es un destino turístico muy allá) deje de derretirse como un cubito en un Long Island ice tea, pero las compañías cosméticas están trabajando con su conocido esmero para evitar el problema. Y ya tienen en el mercado un selecto grupo de sus productos especialmente formulados para evitar que tu piel, ese auténtico damnificado del cambio climático que tantos malnacidos preocupados por focas, abetos o malvineses habían dejado de lado hasta hora, siga sufriendo los rigores de tamaño problema que debe ser atajado cuanto antes. Tu cutis así lo reclama. Pero a la voz de ya.

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