Si es que hay días afortunados en que a uno le ponen la entrada de la bitácora a puro huevo, oigan. El tema de hoy es la propensión de los publicistas de anunciar productos alimenticios haciendo creer al posible consumidor que son la leche de beneficiosos con tan solo leer su nombre. Un ejemplo reciente proviene de la nueva línea de galletas Fontaneda Digestive, de las que, tras denuncia previa por parte de un experto, han tenido que reconocer (con la boquita pequeña, eso sí, y sin que es signifique la retirada, bien de los anuncios engañosos, bien del propio producto para cambiarle el nombre a todas las etiquetas) que no tienen ninguna propiedad digestiva de especial relevancia. No es que sean indigestas de por sí, claro, lo que pasa es que no provocan ningún efecto positivo sobre la digestión, que es lo que engañosamente hace creer su "casual" denominación.

La cosa debió pintar más o menos de la siguiente forma:

-Necesitamos un nombre llamativo para nuestra nueva línea de galletas. Algo fácil de recordar, y que sugiera salud, por aquello de engañar vilmente a los papanatas darles pistas a nuestros amados clientes.
-¿Galletas "digestivas"?
-Mmmm. Sí, pero, le falta algo. Le falta punch, porque la palabra digestiva, aunque sugiera algo bueno, las cosas como son, suena fea.
-Pues Digestive.
-¡Eso es! ¡Exactamente! El término en inglés le otorga un plus de respetabilidad. En este país de garrulos en el que casi nadie sabe una palabra del idioma de la pérfida Albión, Digestive hace presuponer que los premios Nobel que trabajan duramente en el desarrollo de nuestros productos han creado algo tan novedoso como revolucionario.

Y aprobado, claro. A fin de cuentas, ¿quién se iba a molestarse en comprobar si lo que sugería el nombre era cierto o una coña marinera?
Pero es lo que tiene ese invento del maligno y señal definitiva de la llegada del fin de los días que es Internet: alguien se molestó, las cosas comenzaron a comentarse, y hala, a fastidiarse tocan. Dichosa libertad de expresión...