Conociéndome como me conozco, hasta me resulta raro que haya tardado tanto en darle cuartelillo al anuncio que hoy comento. Porque es que para según qué cosas yo soy como los toros, que es ver un trapo rojo y ponerme en plan cafre y cornear a todo lo que se mueve.
Ignoro si el amable lector sabrá de qué narices estoy hablando, así que paso a explicarlo con mucho circunloquio y más palabrería: se trata del anuncio de un limpiahogar, que se hizo famoso (y que nadie me pregunte la razón, que yo sepa es un misterio mayor que el de las líneas de Nazca) por presentar a un mayordomo con cara de pánfilo mostrando algodón lleno de mierda en riguroso primer plano y comentando al pasmado espectador que "el algodón no engaña". Fieles a la típicamente hispana costumbre de apropiarse de coletillas tontas todos a una, la frase en cuestión hizo fortuna, y desde entonces la imagen del mayordomo se hizo indisoluble del producto anunciado, así que durante todo este tiempo se ha insistido en ella con desigual fortuna (por desigual quiero decir mala o peor).

Pero, ay amigo, los tiempos han cambiado. Cierto que algunos dinosaurios como el que suscribe nos resistimos como niños mimados a ello, pero los avances son imparables. Y la marca anunciante no podía ser menos. De esta forma, la idea de un mayordomo del montón embutido en traje de faena pasando algodoncillos por todas partes se ha quedado anticuada, y de acuerdo a los novedosos tiempos que corren, hoy lo que tenemos es a un grupo de treintañeras pijas en celo que, al grito de "tenn mayordomo" (como podéis observar, se trata de un inteligentísimo juego de palabras que haría las delicias de Lewis Carroll) babean con poco disimulado regodeo ante el doble placer de tener un mayordomo que sea el que curre a la hora de dejar la casa de las señoritas del anuncio como una patena, y de admirar que, a modo de plus, sea un tío atractivo con ausencia de razonable sutileza: "pedazo mayordomo".

Ignoro si mis ídolos del Instituto de la Mujer Fashion están barajando la posibilidad de poner las cartas sobre la mesa, pero mucho me temo que, por utilizar otra coletilla que se puso de moda aunque no venga al caso, va a ser que no. Seguramente si tres botarates hiciesen coñas sexistas a cuenta de la criada para anunciar lo que fuera aquí se habría montado un circo del copón, pero ya se sabe como está el percal últimamente con este tema, al que dice algo le ponen a caldo a la voz de retrógrado y mala persona.

De todas formas, reconozco que lo me más me mosquea de la cuestión es la poco disimulada ansia de vender la imagen de triunfo personal asociada al hecho de tener a un mucamo currando en tu casa. La idea de que cómo mola, tía, tener asistente/a para presumir ante las amigas. Que el viejo sueño de trepas al uso de tener una fámula que te llame señorito mientras te plancha las camisas es el colmo del exitazo que tú y toda tu circunstancia merecen. Que, en fin, te convertirás en alguien socialmente mejor por disponer de un esclavo que pase el mocho. Y si está bueno, por aquello de la igualdad de sexos y yo también puedo hacer bromitas al respecto, pues mejor que mejor.

Así nos va en este mundo que estamos creando entre todos.