Si es que hay que ver la cantidad de pijoterío y tontería que llevamos encima, oiga. Hay momentos en los que uno piensa que no se puede ir más lejos, que esa malsana gilipollez que es lo políticamente correcto debe tener un límite, hasta que contempla cómo ese teórico límite se supera una y otra vez.
Aunque la publicidad es un eficaz comecocos genérico y nos lava el cerebro a todos, lo cierto es que en lo que respecta a la mujeres el absurdo está llegando a unos límites insospechados. De forma incansable, no se deja de vender una imagen absurdamente falsa de cómo debe ser una mujer para ser una triunfadora en esta perra vida y poder mirar por encima del hombro a la plebe que la rodea. El último ejemplo que me ha hecho tilín es ese del humilde champú que, como todo el mundo sabe, sirve para lavarse el pelo, pero que se vende como parte de una nueva revolución femenina que te hace declarar, henchida de tu propio poder interior, que hoy harás el amor, no la cena. Porque hacer el amor es guay, mientras que hacer la cena es una vulgaridad que (como lamentablemente la naturaleza es una tocapelotas y aunque sea poco tenemos que comer alguna cosa a diario para mantenernos con vida, sé que parece una bobada pero les prometo que es cierto) dejaremos en manos de Jacinta, nuestra querida criada. Supongo que porque como Jacinta es una mujer mayor, de pueblo, humilde trabajadora, y que seguramente no use champú, no puede formar parte de la revolución femenina esa de marras.
Uno se levanta a las siete de la mañana y coge el metro para ir al tajo. Y ahí ve a un montón de mujeres con cara de sueño que no tienen ningún glamour encima; ni puñetera falta que les hace, les basta y sobra con la dignidad de enfrentarse a un trabajo duro y mal pagado. Unas son jovencitas, quizá cajeras de supermercado, otras más mayores, tal vez empleadas en empresas de limpieza. Éstas no tienen estudios, aquéllas no tuvieron suerte en este país que va, dicen los de siempre, de cine. Trabajan por cuatro duros, en jornadas interminables, y no precisamente en una oficina fashion colgadas al teléfono y vendiendo acciones, sino limpiando aseos o reponiendo latas de atún en sus respectivos estantes. Son las que hacen la cena, para ellas mismas o para los señoritos que las han contratado porque ellos viven en otro planeta y están ocupados haciendo el amor para realizarse como personas de las de verdad. Y seguramente todas y cada una de estas mujeres de verdad, las auténticas pero que no salen haciendo el gilipollas en ningún anuncio porque dan muy mala imagen de nuestro producto, estarán más que hartas de tanta tontería y tanta murga, hartas de ver en la tele anuncios en los que irreales señoritas sonrientes y maravillosas poco menos que levantan el puño cerrado y gritan por la revolución, camaradas, vayamos todas al salón de belleza y que nos dejen como nos merecemos, y así conseguiremos mejorar este mundo. Hace falta ser imbécil.

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