Hay cosas que uno en su virginal inocencia no entiende aunque se lo proponga. Cada vez se ve menos, porque para evitar que te echen unas broncas tremendas desde el observatorio de la mujer te cuidas mucho de hacer un anuncio que pueda sugerir machismo o algo que remotamente se le parezca - recuérdese la reciente pelotera que se armó con el anuncio de Dolce&Gabanna, jocosamente comentado en este humilde blog-, pero todavía, cuando uno se descuida, ahí está el observatorio mentado para darte las tuyas y las del pulpo y afearte tu carca postura como te mereces. Aunque sólo hayas querido ser gracioso, y eso es lo peor, que ya ni el sentido del humor te dejan utilizar.

Sin embargo, oh prodigio supremo, basta que aparezcan unos anuncios tan insultantes e hirientes para las personas (en este caso, mujeres, lo que debería activar de inmediato los resortes del Observatorio de marras) como la última tanda de Corporación Dermoestética, para comprobar que aquí nadie dice nada, ni se queja de nada, ni grita a los cuatro vientos vendetta contra esos malvados. Qué va. Todo el mundo callado como en un cementerio por la noche.

Lo cierto es que llueve sobre mojado, porque el estilo anunciador de Corporación Dermoestética clama al cielo desde hace ya tiempo. Apelando a los peores instintos de la vacía sociedad en la que vivimos, se presenta como imprescindible y totalmente natural la búsqueda de una falsa perfección física, a costa de tirar por tierra la estima propia. El modo más fácil de dejar de ser una piltrafa, dejan caer, es hacerte unos arreglillos. Así, sugieren malévolamente, podrás finalmente ser verdaderamente feliz. Todo será maravilloso desde el momento en el multipliques por dos tu talla de sujetador o pierdas esos dos kilos que, horror, te convierten en una foca del Artico. Así que no te lo pienses más, serás la envidia de las amigas, a tu maridito volverá a caérsele la baba, te mirarás al espejo con la satisfacción de ser la perfección hecha mujer, y vivirás eternamente.

Y lo que me asombra de todo esto no es ya la mala fe y la irresponsabilidad del anunciante (a fin de cuentas, el estar en un país libre implica que mientras no se incumpla la ley uno puede decir lo que quiera, máxime cuando se trata de vender un producto o servicio), sino el a todas luces increíble silencio del Observatorio de la Mujer. Sí, ese mismo que todos los años nos deleita, por ejemplo, con un sesudo (no se me nota, pero me estoy riendo) estudio acerca del machismo en la publicidad y que clama al cielo porque en un anuncio de detergentes la lavadora la ponga una mujer en lugar de un hombre, perpetuando, por lo tanto, la ancestral desigualdad entre sexos. Pero que sin embargo no dice esta boca es mía ante atropellos tan obvios como el de Corporación Dermoestética y otros anuncios parecidos.

Como soy retorcido y un cabrón, no puedo sacar de todo esto más conclusión que la que me parece obvia: la igualdad soñada por nuestro Observatorio de la Mujer Fashion es aquella en la que no habrá diferencias entre los hombres y las mujeres a la hora de fregar los platos y similares tareas domésticas del día a día. Una vez logrado este importante objetivo, el Observatorio desaparecerá por su manifiesta utilidad. Que haya desigualdad entre las mujeres de verdad (las bellas) y el resto (las que no lo son porque no quieren, francamente, con los precios populares que ofrece Corporación Dermoestética y su respectiva competencia, parece sugerirse de forma harto irritante), no es un problema que requiera de ningún Observatorio de la Mujer ni ninguna tontería parecida. Esa desigualdad se verá corregida, a su debido tiempo, gracias a los desvelos de los nuevos héroes de la sociedad, esos que no investigan un posible medicamento que cure el cáncer sino un método rápido y al alcance de cualquier bolsillo del hemisferio occidental para eliminar las arrugas de tu careto. Claro que sí.