La verdad es que estábamos totalmente equivocados. Y es precisamente en casos como éste en los que uno agradece efusivamente que exista la publicidad, para así explicar correctamente cómo son las cosas y no llevarnos a engaños. Veréis: la realidad, en contra de lo que siempre habíamos pensado porque somos de natural malvados, es que los bancos no son instituciones creadas por chupasangres profesionales con traje y corbata, insaciables vampiros de nuestros magros ahorrillos, moscas cojoneras del sistema económico capitalista, viles rapaces que matarían a sus familiares más cercanos por arramblar con cualquier céntimo de euro que brillase apenas un poquito bajo el sol de la tarde. No. Por el contrario, lo cierto es que ha resultado ser que los bancos son nuestros amigos, como demostraremos a continuación.
Sólo hay que fijarse un poquito en la publicidad de las diversas entidades bancarias que medran en nuestro país para darse cuenta. Se nos explica en ella, con el lujo de detalles necesario para acabar con insidias parecidas a las expuestas en el párrafo anterior, que en realidad las oficinas de los bancos y cajas de ahorro que están en la misma esquina de nuestra casa son el necesario puntal básico de la economía moderna, consistente, ojito al dato y el importante detalle, en que todos y cada uno de nosotros nos gastemos un dinero que en realidad, ni tenemos ahora ni tendremos jamás.
Así que para alcanzar tan complicado logro, vemos cómo agradables muchachos de sonrisa profidén y perfectamente trajeados nos dan la mano cual político en campaña electoral, satisfechos en grado sumo por que hemos confiado en ellos para hacer realidad nuestros sueños de eterna felicidad consumista. Porque, como amigos nuestros que son, ofrecen sus servicios de forma casi se diría que desinteresada y altruista (al menos, hasta que a uno le da por fijarse en la letra pequeña y aparecen los ,ejem, porcentajes debidos al interés del préstamo en cuestión) con una calidez digna de la familia de la casa de la pradera, para que podamos por fin tener nuestro pisito, nuestro cochecito, y nuestro muy merecido mes de vacaciones en nuestro chalecito en primera línea de playa.
Que me corrija el amable lector si no es para echarse a llorar de emoción, contemplar a través de estos anuncios a ilusionados jóvenes que firman con una sonrisa en el rostro mientras nuestro amigo, el del banco, sonríe aún más si cabe, a sabiendas que ha hecho algo bueno por ti, como buen amigo que es. Porque, parece ser, la amistad consiste, realmente, en prestarte dinero a un alto interés, y no prestártelo sin más; ya que esto último no es de amigos, sino de imbéciles totales. Se refuerza, además, el cálido y optimista mensaje con eslóganes que son verdades como puños, y que sólo un miserable como
el que suscribe podría despreciar, como por ejemplo que “si es bueno para ti, es bueno para nosotros”. Claro qué si, qué diablos.

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