En mis años mozos, cuando estudiaba estadística en el cole, había creído entender que para que un dato estadístico tenga un mínimo de validez necesita que la muestra (es decir, un número representativo de la totalidad de los elementos que se desea estudiar) tenga un valor suficientemente, eso, representativo. Pues bueno, parece que fundamentalmente en los anuncios de cremas antiarrugas y engañabobos similares esto no se tiene en cuenta para nada. Fieles al antiguo dicho de que la verdad no debe estropear una buena noticia, los publicistas encargados de las coñas marineras en cuestión no sólo se dedican con nula vergüenza a publicitar las maravillas de una crema para mujeres de 50 años con modelos que a duras penas llegan a los 30 (ó, en todo caso, es cierto que tienen los 50 pero están más retocadas que la momia de Lenin), sino que encima, para dar a la cosa una pátina de respetabilidad falsa como un billete de 326 euros, presumen de que el producto es cuestión ha sido “eficaz en un 90 % de los casos”.
Claro, aquí es cuando los retorcidos tocapelotas como servidor nos da por echarle una ojeadita rápida a la letra pequeña (esa infame obligación de nuestros políticos, qué poca vergüenza y cuántas ganas de fastidiar), y se entera de que ese 90% corresponde a una auto-evaluación con una muestra de unas 50 personas más o menos.
Y claro, las cuentas no salen. Porque se supone que para que esos maravillosos y casi increíbles porcentajes que le auguran a la posible compradora del producto la total seguridad estadística de que a ella también le va a funcionar, sean estadísticamente ciertos, sería necesario que la estadística en cuestión tuviera en cuenta un número muchísimo más elevado. Y claro, como que no. Cuando la compradora en cuestión vaya a reclamar utilizando como argumento los datos estadísticos en cuestión, los espabilados abogados de la firma tendrán dos posibilidades de escaqueo; una más burda: “lo que pasa es que lamentablemente usted estará entre el 10% restante”, y una mucho más fina y cojonera: “es que las matemáticas tienen estas cosas, ya sabe. Son frías, y no tienen en cuenta a las personas. Pelillos a la mar”.
Pero, por supuesto, esto no es publicidad engañosa. Poner el 90% en letras bien grandes y la muestra utilizada de 80 personas en letra canija y desubicada, no es más que una argucia comercial al uso, legal y, si me apuras, éticamente irreprochable. Lo que pasa es que por ahí corre mucho pesadito al que le gusta protestar por todo.

El colmo, Padawan, son las cremas que tienen el pH de la piel. Consulta a cualquier químico y verás que el pH sólo es aplicable a disoluciones acuosas, lo que nos lleva a que la piel no tiene pH.
Interesante dato, javier-caspito. Lo apuntaré para una futura entrada irónica ; )