En los años 80, hubo grupos de éxito que con el tiempo se han convertido en clásicos, y que nunca se preocuparon de otra cosa que fuera su música. Digo en los 80 (época dorada del videoclip, o eso decían porque vistos hoy en día hay cada cutrez que déjalos ir), porque por aquel entonces corría la peligrosa idea de que era necesario arropar un tema de éxito con vídeos de “artistas” de la imagen para así pasar a la posteridad más posterior de las posteridades. Como se ha comprobado después, en muchos casos de aquella descabellada teoría nada de nada. Y que conste que no tengo nada en contra de los vídeos, pero prefiero la música por lo que vale en sí misma. No sé si OMD pensaban lo mismo que yo ó es mera casualidad, porque las cosas como son, todos sus vídeos resultan cutres de cojones; pero no me importa, porque solo necesito empezar a escuchar los extraños y discordantes acordes (olé sus huevos) de la que considero una de las mejores canciones pop jamás compuestas, para que se me olvide que tengo que mirar para algún lado; al contrario, es entonces cuando te das cuenta de cuán accesoria es la imagen en el mundo de la música, por mucho que haya imbéciles absolutos que digan lo contrario:
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