Por el amor de Dios. Este maléfico ministerio de sanidad nuestro y su ínclita cabeza visible (para que luego digan que esa estupidez de la paridad sirve para algo útil) pretenden destruir todo por lo que hemos luchado desde que conseguimos echar a la morisma de nuestras fronteras gracias al arrojo de Isabel y Fernando en la gloriosa época del mayor imperio que haya conocido un celoso mundo.

Porque se les ocurrió, nada menos, la pretensión de evitar que publicitáramos las excelencias de nuestros caldos, envidia de productores de segunda división como Francia o Italia, con la patética y por lo demás ridícula idea de que se trata de productos alcohólicos así, sin más. Se pretendió negar que los hombres y mujeres que hemos hecho a este país la envidia del mundo civilizado nos hemos hecho mayores gracias a la ingesta de un producto de calidad y contrastada solera como es nuestro vino. Se quiso hacer creer que algo tan español como el jamón de pata negra, la jota aragonesa y los telediarios presentados por Matias Prats Jr. es un producto dañino, provocador de la pérdida de valores de nuestros jóvenes, ya que (según ellos) lo utilizarían insanamente en eso denominado botellón.

Parecen olvidar, de modo harto interesado, que la culpa de que los jóvenes se arrojen a los brazos de la perdición durante los fines de semana la tiene quien no los ha sabido educar en los auténticos valores patrios. También pretenden ignorar que, además, esas borracheras orgiásticas nocturnas que tanto abochorna a la gente de bien son producidas no por nuestros excelsos productos vitivinícolas, sino por licores de sospechosa procedencia caribeña o esteparia, de cuyos permisos de importación en desleal competencia con nuestros productores nacionales tendrían que hacerse responsables directos quienes hoy nos desgobiernan.

Porque cuando la solución pasa por educar como siempre se ha hecho con general acierto en este país, enseñando a los jóvenes ya desde muchachos que meterse entre pecho y espalda un Rioja o un Ribera del Duero es un acto cultural semejante a la lectura de El Quijote, amén de un ejemplar añadido a la justamente bien considerada dieta mediterránea, aquí lo que se pretende es la prohibición por la prohibición. Se pretende que nuestros jóvenes, cantera tanto de futuros consumidores responsables como depositarios de los valores que nos han hecho lo que orgullosamente somos, españoles de rompe y rasga, se amariconen a base de beber bebidas de cola y aguas minerales, en la absurda creencia de que el vino es un producto que, por su contenido en alcohol, va a provocarles algún tipo de daño en su organismo.

Por suerte, la justa indignación popular ha puesto coto al intento de nuestro ministerio en su malvado intento de hacer olvidar a nuestros jóvenes cuales son nuestras auténticas raíces. Incluso aunque llegaron a contratar a científicos indudablemente paniaguados para decir tonterías como que el único consumo de alcohol tolerable para un joven es el consumo cero, la lógica indiscutible de la realidad los ha puesto en su sitio. Porque es vital que no se separe a nuestros jóvenes de la cultura del vino, ese excelso producto nacional que, como tantas otras cosas con las que nos han regalado desde los cielos, nos pone en la auténtica cima del mundo. Nada hay más inteligente para la preservación de nuestra cultura y nuestras raíces que el ofrecer durante una comida familiar a un muchacho de doce años, futuro español con todas las de la ley, una buena copa de cualquiera de nuestros eximios vinos para que aprenda, junto con las virtudes de la moderación, el buen gusto, la dieta sana y las cosas que nos hacen justamente hijos de esta amada tierra que nos vio nacer para pasmo de quienes la rodean, que hay cosas por las que aún hoy merece la pena luchar.

Nota para despistados: hoy me he levantado sarcástico