Decíamos en el capítulo anterior que, a la reciente aparición de entidades crediticias abusivas y un poquito caraduras, se le ha añadido de modo novedoso un segundo grupo dedicado a reunificar créditos, préstamos y recibos. El objetivo final, se nos publicita, es el muy loable pero más tramposo que Fu-Man-Chú en sus mejores tiempos, “pague menos al mes”.

Ya decía mi profesora de matemáticas (no le hacíamos mucho caso porque estaba un rato buena, la verdad) que los números no engañan. También decía que si no atendíamos en vez de tanto mirarle su glorioso escote, algún día nos la iban a meter doblada, porque quienes utilizan los números si que nos pueden engañar si no sabemos de qué nos están hablando. Y tenía razón (también estaba un rato buena, no sé si ya lo he dicho).

Resulta sorprendente que la gente pique con el timo de la estampita, pero lo siguen haciendo. Con este nuevo timo de las reunificaciones, también caen, así que será verdad que se trata de un déficit matemático combinado con la vieja máxima de todo timador que se precie, según la cual el auténtico primo es aquel que, en el fondo, es un poco pirata y piensa que es él quien está haciendo la jugada de su vida. Y de eso, hay muchos.

Sí. Hay mucho espabilado que de pronto se cree un genio de las finanzas, porque descubre una entidad que le reúne todos sus pagos mensuales en uno y pasa de pagar 1.000 a 500 euros al mes. Nuestro Superman, de pronto, se ve a sí mismo como un tiburón bursátil de traje caro, sonrisa confiada y podrido de pasta. Qué grande soy, se dice mientras se mira al espejo. Y encima, todo un machote. Un regalo de la naturaleza para quienes me rodean. Brindo por mí, coño.

Pero claro. Nuestro tiburón es de los que no le hacían caso a nuestra profe, la que estaba como un queso. Tiene tendencia natural, además, a creerse el rey del mambo. Y ha sido convencido por la hábil publicidad que le ha explicado, con pelos y señales, que utilizando los servicios de la entidad anunciante, pasará a pagar una minucia mensual y podrá por fin dedicarse a pagarse los caprichos que se merece porque lo vale.
Como además, es de natural confiado (vamos, lo que en mi pueblo denominamos un auténtico gilipollas), pues se cree lo que le han dicho. Y allá que va y firma. Y cuando finalmente descubre que lo único que ha hecho es pasar de estar diez años pagando por sus créditos a estar pagando por ellos veinte, se le queda cara de “esto no me puede estar pasando a mí”. Cuando, cinco años después de haber llevado su coche al desguace, sigue pasando por él, comienza a olvidar sus fantasías de intrépido broker. Y cuando se da cuenta de que dejará de pagar por su piso quince años después de haber pasado a mejor vida, se empieza a acojonar.

Si por aquí fuéramos buenas personas, sentiríamos lástima. Pero como somos un poquito cabrones y nos va la marcha, pensamos de forma bien distinta. Pensamos que de tontos del haba que se creen espabilados está el mundo lleno.