Pues sí. Lamento tener que soltarlo así, tan de sopetón y sin previo aviso, pero tengo la firme creencia de que bombas como ésta lo mejor es soltarlas cuanto antes y a quemarropa, para que la impresión pase lo antes posible y el impacto no resulte así tan traumático.

La espantosa realidad es que los microbios nos rodean y nos calan como txirimiri cojonero. Están por todas partes, amenazantes y tremebundos, esperando tan solo un pequeño bajón en nuestras defensas para atacarnos como los pequeños cabrones que son y llevarnos a la tumba. Porque son así de hijoputas, los enanos, todo el santo día conspirando para hacernos la pascua.

Por suerte para todos, esos bienhechores de la humanidad (como algún día, esperemos que no muy lejano, se les reconocerá) que son los fabricantes de productos para el lavado de vajilla y limpieza de aseos varios se han conjurado para evitar el grave peligro que nos rodea diariamente. Y hete aquí que se han lanzado a publicitar sus nuevas líneas de productos con los que combatir a esas hordas de bacterias, microbios, bacilos y otros seres de parecida calaña, que se reproducen sin ningún tipo de vergüenza delante de nuestras propias narices, en los platos aún por fregar y en los lavabos que utilizamos inconscientemente para asearnos todas las mañanas sin considerar los riesgos de hacerlo así a las bravas, sin ningún tipo de protección específica.

Y es que hay que ver: fruto de aparente exigencia de la sociedad de vivir para siempre, nace este tipo de productos que nos prometen, si hacemos caso de la publicidad, una lucha eficaz contra los microbios que nos rodean y que son causa de terribles enfermedades que nos pueden llevar a la tumba. Por ello, y para evitar tan funesto destino, se nos recomienda utilizar estos productos “científicamente testados” (obsérvese el detalle técnico específico para malpensados como yo que siempre están pensando que todo esto es un cuento) en las labores de limpieza diaria, con el fin de eliminar todo rastro de microorganismos que pretendan hacernos bien la puñeta. Parecen olvidar que no sólo eliminar todo rastro de microbios es imposible, sino una imbecilidad y aún un peligro.

Imbecilidad porque parece que seamos tontos, coño, al pensar que podemos vivir en un mundo aséptico como un quirófano, en la imposible esperanza de vivir así la tira de años con una salud de roble. Y luego nos cachondeamos de Michael Jackson y sus mascarillas, cuando parece que el resto de la humanidad estamos haciendo lo mismo.

Y un peligro, y esto es más grave, porque destacados alergólogos han alertado de que las intentonas de arrasar con todo bicho viviente de nuestros hogares utilizando este tipo de productos, lo que suele conseguir es que nuestras defensas se encuentren más expuestas que nunca. Porque con tanto intento de evitar contaminarnos con organismos totalmente indiferentes respecto de nuestra salud, lo que finalmente conseguimos es que nuestros cuerpos sean naturalmente más débiles: de ahí que hoy en día las personas enfermen con tanta facilidad, cuando dos generaciones anteriores, con la gente de la posguerra que vivía con pocos alimentos, menos abrigo y ni un solo producto mata-microbios, tenían una resistencia natural que para sí la quisiéramos nosotros.

Y la verdad es que en estos casos es cuando echo de menos a los responsables del ministerio de sanidad, para poner coto a este problema más ó menos serio diciéndoles a los anunciantes que se corten un poquito con sus matarratas, en lugar de toquitearnos los huevecillos con la murga del tabaco y las hamburguesas de a kilo.