El Ministerio de Cultura ataca de nuevo. No contentos con intentar acojonar a los malvados piratas, filibusteros, corsarios, y bucaneros varios que están obligando a los autores de este país a trabajar (nada menos, pero cómo es posible tamaña indignidad y atrevimiento) en lugar de dedicarse a sus cosas y si les suena la flauta hacerse millonarios, intentando acojonar, decía, al grito de “ahora la ley actúa”, ahora pretenden tocarnos la fibra sensible a golpe de nuevo eslogan, inasequibles al desaliento e incapaces, por lo que se ve, de darse cuenta de que lo que nos están tocando son las gónadas con tanto cuento y tanta murga.

"Contra la piratería, defiende tu cultura". Eso es lo que nos dicen ahora. Tenemos que ser partícipes, todos nosotros, de la defensa a ultranza de ese patrimonio maravilloso que es la cultura. ¿Y cuál es la forma de hacer algo tan loable, según los que pululan por el ministerio en cuestión? Rascándose el bolsillo, iva incluido. Me imagino que alguien habrá tenido que solicitar una baja por estrés tras su ardua y exitosa búsqueda de la solución perfecta. Espero que le cunda, porque lumbreras así no se encuentran todos los días, y con tantos problemas acuciantes como tenemos, necesitamos que siga teniendo tan luminosas y preclaras ideas.

Y es que la cosa tiene cojones. Que una empresa privada pretenda convencernos de que la mejor forma de proteger la cultura es pagando por ella, pase. Pero que lo intente todo un Ministerio de un país serio (ups, se me ha colado una errata), ya me parece pasarse tres pueblos. Mira que no habrá maneras de proteger la cultura, digo yo. Por ejemplo, potenciando el uso de las bibliotecas públicas. Por ejemplo, ayudando a los ayuntamientos a que organicen conciertos de distintos tipos de música con entrada gratuita o a precios populares. Por ejemplo, regalando libros en lugar de hacerlos pulpa cuando ocupan mucho espacio en algunas estanterías. Por ejemplo, subvencionando a nuevos artistas para que muestren su arte en pequeñas salas a las que la gente de a pie pueda acceder sin sentirse descolocado entre pedantes y cantamañanas. Por ejemplo, creando filmotecas para hacer pases de cine español a precio de coste, en lugar de andar por ahí repartiendo subvenciones a dedo para que los afortunados te hagan la pelota. Por ejemplo, enseñando a los niños en la escuela las bondades del teatro haciendo que disfruten con una obra pensada para ellos en lugar de obligarles a mirar “Don Juan Tenorio” porque es más culto y provechoso aunque les aburra un montón. Por ejemplo, haciendo que los chavales, en el colegio, hagan comentarios de texto de libros que a ellos les gustan, aunque sea el último de Harry Potter, en lugar de hacerles leer “La Celestina” a palo seco y por narices.
Etc, etc, etc.

En resumen, trabajando por la cultura, y no por el negocio. Porque comprar en la manta en último “trabajo” de Alejandro Sanz (ya sé, ya sé que puede parecer raro, pero os juro que hay perturbados mentales que sí lo hacen) no conlleva el final de la cultura, sino, en todo caso, el fin del tren de vida de Alejandrito y los que son como él, acostumbrados a parapetarse en la cultura para subvencionar sus millonarios trenes de vida. Así que a ver si el Ministerio de Cultura de turno (porque esto vale para todos, aquí no valen memeces de izquierdas, derechas, centros y demás cuentos chinos, que en todas partes cuecen habas) deja de meterse donde nadie le ha llamado, y comienzan a hacer algo por la cultura de verdad, sin tantos rollos y tantas gaitas, y que dejen ya de tocarnos las pelotas con el rollo de la piratería.