Uno de los problemas de la publicidad actual parte de la concepción, totalmente errónea, de que es un arte. Se trata de un método para vender cosas, pero no de un arte. Aunque claro, como ahora hay certámenes, y premios, y múltiples indocumentados que a todo lo llaman arte, pues nos encontramos con que algunos de los currifichantes de la rama publicitaria se han levantando un buen día considerándose artistas, y así nos luce el pelo.
Este proemio viene a cuento de las últimas campañas institucionales que tratan de advertir a los jóvenes de los peligros inherentes al consumo de droga. Ya desde un principio se vio la intención de los encargados del asunto, a base de mucha cámara al hombro, picados y contrapicados, diez imágenes por segundo, y toda esa estética de video-clip que se supone es el único lenguaje que los jóvenes comprenden. Pero últimamente, además de lo dicho, nos estamos encontrando con narraciones metafóricas con las que estoy seguro que su “autor” se ha hecho un buen montón de pajas, mentales y de las otras, pero de las que me temo nadie se ha parado a preguntar a los receptores si se han enterado de algo y si el mensaje les ha llegado a calar de algún modo.
Por el contrario, parece que a los responsables del ministerio encargado sólo les ha importado el envoltorio del producto; parecería que se han sentido tremendamente orgullosos por ser capaces de utilizar un lenguaje rompedor y estéticamente novedoso (ya ves tú, qué cosas tan importantes estas), y hasta entra dentro de lo posible que a alguien particularmente cortito le haya parecido que el contenido lo han entendido sobradamente sus potenciales receptores.
Y nada más lejos. Bombardear con un montón de imágenes que un cerebro medio no tiene tiempo de asimilar ni siquiera parcialmente al ritmo de un ruido de respiración a excesivo volumen y que se va acelerando paulatinamente, que talmente parece que estés escuchando a una vieja locomotora a vapor, puede ser un mensaje innovador desde un punto de vista publicitario (también puede ser una gilipollez del tamaño de una plaza de toros, todo es cuestión de a quién le preguntes), pero de lo que estoy seguro es de que no es nada efectivo. Cualquier joven, ante un anuncio así, o bien sonríe como diciendo “anda que ya les vale a estos”, o bien tuerce el morro como diciendo “anda que ya les vale a estos”.
Y aunque el nulo resultado de estas campañas debería hacerles pensar a los responsables, todos sabemos que en realidad los susodichos no hacen nada tan complicado como pensar. Prefieren mantener tranquilas sus conciencias al son de “yo ya he cumplido”, como si la cosa no fuera con ellos. Y es que son particularmente certeros a la hora de echar balones fuera.

Totalmente de acuerdo. El mundo de la publicidad está lleno de cretinos con pretensiones de artista que retratan un mundo que no existe (o en el que sólo viven ellos, que se lo pueden permitir con lo que les pagan por cada parida). No hace mucho había un anunció contra el alcohol en el que se decía aproximadamente: te tomas un par de copas y eres más atractivo, más interesante, etc., para terminar diciendo que al final te pegas el piñazo. Pero a qué joven le preocupa darse un piñazo si antes se ha sentido atractivo, interesante y todo lo demás. Hay campañas que incitan al consumo por imbéciles.