Interesante documental el que pasaron ayer por La 2 en el programa Documentos TV a cuenta de los múltiples problemas derivados del bombardeo diario de publicidad para que todos seamos parte de ese falso mundo perfecto que unos cuantos están empeñados en que es real para llenarse los bolsillos. En la galería de los horrores del programa podíamos encontrarnos a personas con problemas de anorexia y bulimia, compradores compulsivos, y deprimidos crónicos por la impotencia de no alcanzar los cánones sociales impuestos a diario.

Era preocupante, desde luego. Pero lo que más me acojonó de todo el programa fue el comentario de un prestigioso publicista acerca de que, honestamente según él, la publicidad no era ni mucho menos tan responsable de lo que está sucediendo (porque está sucediendo, amigos, a nuestro alrededor y todos los días) con todas estas personas como pueda serlo, por ejemplo, el mundo de la moda, y el mundo del cine (y el segundo ejemplo me dejó bastante perplejo, la verdad).

En aquel momento me pregunté si el susodicho veía la misma publicidad que yo, si es que yo tengo un ramalazo de mala leche que me hace ver fantasmas donde no los hay, ó si es que yo vivo en una especie de limbo que amplifica mis pesadillas por mis pecados pasados. Porque, que yo sepa, sólo el mundo de la moda es equiparable al daño potencial y probado que genera la publicidad en las personas, con el agravante de que la moda se centra fundamentalmente (aunque con ciertas ramificaciones) en el aspecto físico, mientras que la publicidad tiene diseñado todo un formato de vida al que todos deberíamos aspirar por cojones para ser felices.

Y así, no sólo se habla de que tienes que sentirte deseada, que a las mujeres les gustan los hombres que se cuidan, que vosotras/nosotros lo valemos, que la belleza no tiene edad (aunque sí precio, pero esto no lo dicen, claro), y que pocos problemas en el mundo son tan graves como la aparición de arrugas de expresión. No. La publicidad va más allá, y te comenta como quien no quiere la cosa que la adquisición de este coche te hará ser la envidia de tus vecinos, que un hombre moderno y actual sólo lo es si trabaja en un lujoso despacho con secretaria pero también sabe divertirse por las noches tomando sabrosos combinados de la marca publicitaria en cuestión, que no puedes permitir que tus compañeras de trabajo se vean más jóvenes que tú y que es un crimen contra la humanidad el que tus ojos (valiente gilipollez, a mí que no me digan) no sean perfectamente blancos como un amanecer en la costa de la Antártida.

En resumen, la publicidad ha creado un modelo de persona, triunfadora que camina por la vida con la irrefrenable sensación que la compra de su casa y su chalet en la playa, su caro vehículo, su fondo de armario, sus productos alimenticios con variopintas propiedades, sus mil aparatitos electrónicos, y unos cuantos etcéteras más, lo convierten en el rey del mambo. Y, siendo éste el quid de la cuestión, para qué tú seas como el susodicho, sólo tienes que aligerar un poco la cartera y utilizar la tarjeta de crédito, macho, que no sé para qué coño quieres el dinero, gasta y sé feliz, que ya no sabemos cómo explicártelo para que te enteres.
De lo cual se deduce que si tu casa no tiene muebles a la última, si en tu coche no tienes ambientadores decorativos, si se te ocurre salir a la calle vestido con ropajes de colores distintos a los que hemos dicho por nuestros cojones que son los que están de moda esta primavera, si pesas dos kilos “de más”, si tienes caspa ó sudas cuando te mueves (menuda vulgaridad, oye), ni eres ni serás nunca feliz. Te lo estamos diciendo todos los días: tenemos un modelo de hombre y mujer, de pareja, de familia, de entorno, en fin, de una total y embriagadora felicidad. Para alcanzarla sólo necesitas dos cosas: quererlo, y gastarte el dinero. Mira que es fácil, y tú que no te pones a ello.

Y se quedan tan panchos. ¿Nosotros? Nosotros no somos ni la mitad de responsables que los de la moda, cómo vamos a comparar.
Ya.

Y no, no me vale la eterna excusa: “los consumidores son mayores para elegir”. Esa es una justificación tan engañosa como cobarde. La publicidad lo que pretende es vender, y si para ello se tienen que inventar mundos, se los inventan. Y si para ello tienen que pasar por encima de las personas, pues pasan. Porque al final aquí no se habla de personas: se habla de consumidores, es decir, los que consumen, los que se gastan su dinero en los productos publicitados. Los miserables que no pueden acceder a todas estas cosas, que no molesten y se vuelvan arrastrándose a sus cloacas.