La verdad es que lo de nuestro brillante Ministerio de Sanidad me da (y me va a dar, me temo) temas de conversación para rato. Claro, cuando no hay presupuesto y se las hay que ingeniar para que parezca que trabajas, pasan las cosas que pasan.

La última, de momento, ha sido la polémica de las hamburguesas XXL de Burger King. Ahí tenemos a nuestros adalides, siempre al acecho de los múltiples peligros que nos rodean como malos a medio hervir en película de artes marciales, dispuestos esta vez a pararles los pies a los malvados mandamases de la cadena de hamburgueserías nombrada, debido a su perversa inconsciencia a la hora de publicitar con tanto descaro uno de sus productos que es, por lo que dicen quienes de esto entienden, una bomba de relojería en forma de colesterol y grasa saturada. Eliminen esos anuncios, reclaman desde la ministra in person hasta el conserje que abre la puerta del ministerio, porque de lo contrario no lograremos evitar que los plebeyos que nos votan mientras piensan que trabajamos para ellos se coman esas peligrosas hamburguesas que provocarán, de facto, el fin de la humanidad tal y como la conocemos. Porque todos sabemos que la carne es débil, y el proletariado tiende a no saber pensar por sí mismo, así que no nos valen las excusas de que ustedes son una marca comercial y que aquí no se obliga a nadie a consumir sus productos, puesto que tienen poder de elección, que para eso vivimos en democracia. A la hora de la verdad, dicen desde nuestro ministerio dando un puñetazo en la mesa, eso es papel mojado, puesto que se ha probado que al vulgo se le convence con facilidad y luego no hay forma de hacerles caer del burro, así que si nosotros no velamos por ellos, ¿quién lo hará?

Vaya por delante que durante un montón de años me negué sistemáticamente a cruzar la puerta de una hamburguesería. A mí, que me pongan un bocata de jabugo y se metan sus hamburguesas donde les quepan, los maléficos yanquis. También, para que no se diga que hablo por hablar, finalmente entré hace algún tiempo cual ignorante cobaya en un Burger King, para probar lo que por allí hacen y conseguir, finalmente, opinar con conocimiento de causa. No voy a extenderme sobre mis problemas intestinales derivados de aquella aventura, pero si hasta entonces ya lo tenía bastante claro, desde aquel aciago día todavía más.
Eso sí, dicho lo dicho, aquí estoy hoy, defendiendo que la cadena de fast-food en cuestión publicite sus productos si le da la real gana y sin que nuestro Ministerio de Sanidad, que debe aburrirse un rato, les dé el coñazo.

Porque para mí las cosas deberían ser mucho más sencillas: lo que el ministerio tiene que hacer es que los médicos, tras las pruebas de laboratorio necesarias, nos digan a la gente de a pie que sí, que dichas hamburguesas son cualquier cosa menos sanas. Que lo digan, que lo repitan, que no se callen. Y una vez todos nos hayamos enterado, que nos permitan a nosotros, que tampoco somos tan gilipollas como les gusta creer, decidir si queremos sobresaturar nuestras arterias y perder el sentido del gusto de por vida. Pero que nos dejen a nosotros, porque al ritmo que vamos, y si les dejan, desde Sanidad se van a aficionar demasiado a decirnos a nosotros, pobres palurdos, lo que está bien y lo que no a base de pensar y opinar por nosotros. Y como que no, qué cojones. A mí me gusta recibir la información y tomar mis propias decisiones, y que no me traten como a un niño pequeño.