Si es que las cosas son como son, coño, que me tengo que pasar todo el santo día explicando las cosas, con todo lo que yo tengo que hacer, hostia, vamos a ver una vez más si la cuestión os entra en la mollera y puedo dedicar de una puta vez las tardes a echarme unos hoyitos de golf, la cosa no puede ser más sencilla, leche, si es que hasta un mandril podría entenderlo con sólo un par de explicaciones, no sé yo por qué cojones se ha puesto de moda esto de la democracia, que aquí resulta que cualquier incompetente puede llegar a jefe de departamento sin tener ni puñetera idea de lo que tiene que hacer:
Nosotros vendemos productos de cosmética, coño, y hasta hace cuatro días nos teníamos que conformar únicamente con que nuestra potencial clientela fuera la mísera cantidad del 50 % de los habitantes de la civilización occidental, en nuestro caso mujeres; y tuvo que llegar un iluminado de los que sólo aparecen una vez cada tres ó cuatro generaciones, y al cual me hubiera encantado conocer personalmente para adorarlo como se merecía, y se inventó la gilipollez esa de los metrosexuales. Las cosas claras y el chocolate espeso y con una pizca de canela, a mí eso de la metrosexualidad siempre me ha parecido cosa de perdedores de aceite al por mayor, pero mira, soy un tío pragmático y los ojos de mi niña son mi empresa, así que si esos elementos se dejaban la tercera parte de su sueldo mensual en nuestras arcas, pues cojonudo.
Pero claro, no todo podía ser tan bonito de por vida, coño, como aquello era una moda, en moda se quedó y ahora estamos en un tris de que todo se vaya al carajo. Porque cuando parecía que por fin habíamos conseguido que la práctica totalidad, o sea, el 100% de los bichos vivientes del ecuador hacia arriba del mapa, tuvieran la necesidad falsa como un euro de contrachapado de utilizar nuestros productos, cuando por fin tenía claro que podía sustituir mi yate de 400 kilos por una belleza de casi 700 con la que poner verde de envidia a Pérez Estévez, sí, el de la petrolera, me encuentro con que de nuevo los tíos reculan al grito de mariconadas las justas.

Así que ya os estáis espabilando, joder, y a la voz de ya. Porque ahora que lo teníamos a huevo, sería de gilipollas el perderlo, y vosotros, pase lo de gilipollas pero a mí me revienta la hostia el parecerlo aunque sea de lejos. Tenemos que convencer a esos cavernícolas de que no se van a comer una puñetera rosca en su puñetera vida como no se espabilen y comiencen a usar cremas de noche, antiarrugas, bálsamos post afeitado, y si se tercia, sombra de ojos y maquillaje corrector. Es necesario meterles en sus duras molleras que necesitan utilizar nuestros productos de forma imperativa, so pena de tener que matarse a pajas; me da igual cómo lo hagáis, podéis utilizar la sutileza o directamente poner a una tía con unas tetas de impresión poniendo mala cara ante un tipejo normalito y sonreír como si le hubiera tocado la lotería al encontrarse con el hombre de su vida, perfectamente arreglado gracias al uso de nuestros cosméticos. Me da lo mismo, repito, pero quiero resultados. El hombre de hoy en día debe utilizar nuestros cosméticos como utilizan calzoncillos: a diario, y por mis cojones que tenemos que convencerlos aunque no quieran. Así que ya os estáis moviendo, quiero reportajes huecos en programas informativos huecos de televisión, quiero que se unte a quien haga falta para que utilice su columna de opinión para explayarse ante las ventajas de eso del “nuevo hombre”, quiero que se inunden las revistas con atrayentes anuncios a toda página y color de nuestros productos, quiero, en suma, que se convenza a todo hijo de vecino que es ab-so-lu-ta-men-te necesario que reaccionen de inmediato, se acostumbren a la nueva realidad que nos hemos inventado para ellos por nuestros santos cojones lo hayan querido o no, y, en una palabra, que se dejen aquí su dinero, coño.