De cuando en cuando se avisa al populacho, tan crédulo él, de la inconveniencia de caer en el timo de la estampita consistente en adquirir esas pastillas y bebedizos y extractos herbales y fórmulas secretas que corren de boca en boca llevándote a pensar, si eres un poquitín ingenuo, que son prácticamente la octava maravilla del mundo. Nuestro Ministerio de Sanidad, siempre al quite, tiene tiempo entre campaña antitabaco y campaña pro uso de medicamentos genéricos para advertirnos de que no piquemos, que todo eso es un cuento, que esas cosas no funcionan así, que no seamos memos.
Pues muy bien. De acuerdo, gracias por el aviso. Ahora bien, ya puestos a tanto preocuparse: ¿por qué no hacen lo mismo con aquellos que pretenden lo mismo con productos legales pero que también hacen promesas tan, tan absurdas que uno se plantea que tienen que ser verdad porque nadie tendría tanto morro como para colarnos una mentira de ese calibre?
Porque las cosas como son: si se hace caso de la publicidad de ciertos cereales, éstos son un producto prácticamente mágico. No importa que te hayas puesto como un cerdo a base de comer seis platos diarios con sus correspondientes postres durante todo el invierno y principios de la primavera. En cuanto llegue el buen tiempo y quieras lucir ese tipazo que Dios te ha dado, tienes una solución la mar de sencilla. Además, sin esfuerzo ninguno, que ya sabemos que lo del sudar es cosa vulgar propia de obreros, y no de gente con un pedigrí y una respetabilidad social. Por lo tanto, dedícate a ponerte como el quico a base de cuencos de cereales (eso sí, no seas bestia y utiliza únicamente leche desnatada, que es que se os tiene que explicar todo), y observarás, oh sorpresa, cómo tu silueta se moldea de tal forma que tus amigas se pondrán escarlatas de envidia cochina. Tampoco te extrañe conseguir ese deseado vientre plano como una tabla de lavar, ni ese culito de nalgas redondas y firmes como la luna de agosto. La ingesta diaria de nuestros cereales, combinada únicamente con una actitud positiva ante la vida, esa que te hace sonreír cuando te sientas a trabajar en tu despacho después de que la chica de la limpieza haya acabado (y que si tuviera más actitud positiva, la tía, piensas, sería más simpática aunque cobre doce veces menos que tú al mes), te convertirá en un modelazo de pasarela en tiempo récord.
Además, conseguirás interesantes efectos colaterales que también se dejan caer en la publicidad, pero no de forma soez, claro, sino con elegancia, no es que vayamos a ser tan burros como para decir que vas a cagar a gusto dos veces al día, no, sino que de forma solapada damos a entender que te volverás regular, talmente como un reloj suizo hecho a mano y con mimo. Lo cual, como todo el mundo sabe y si no se explica, es mano de santo a la hora no ya de mejorar tu salud (que a quién demonios le importa), sino de conseguir esa figurita que te hace mirar a la plebe por encima del hombro.
Por supuesto, en estos casos el ministerio de turno pasa de todo. Utilizan la peregrina excusa de que bueno, que sí, la publicidad ésta un poquito engañosa ya es, pero que como en el fondo publicitan un producto que pasa el sello de sanidad y no hace ningún mal, pues que bueno, estamos en una democracia y (esto es lo importante, no nos engañemos) en una sociedad de consumo, hay que exagerar un poquillo las cosas que la competencia está muy dura y estas empresas no pueden permitirse el lujo de que sus accionistas principales se tengan que conformar con un Mercedes de 8 kilos en lugar de con un Jaguar de 10.
Qué le vamos a hacer, tendremos que seguir en la trinchera los normales, los que sabemos muy bien de qué va todo esto y no nos gusta que se nos rían en la cara.

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