Si existe una forma de publicidad escandalosamente perversa, en mi opinión la que utiliza a los niños para convertirlos, en el más puro estilo Goebbels, en los consumidores de mañana, es la peor de todas, por encima de las otras formas tradicionalmente criticadas, como la utilización de la mujer de modo sexista. Porque, a fin de cuentas, un adulto tiene capacidad para protestar, para cabrearse ante lo que pueda considerar un insulto, para defenderse de la mejor forma posible, para dar un puñetazo encima de la mesa si es menester. Por el contrario, los niños están indefensos en un mundo en el que en vez de salir a jugar con la merienda al parque, se los coloca delante de la tele. Y, además, a los niños de hoy se les consiente mucho más que hace años, cuando si te ponías un poco tonto, en lugar de darte lo que pedías para que dejaras de dar la lata, tu padre alzaba un poquito, sólo un poquito, la voz, y aquí paz y después gloria. Hoy en día, por el contrario, las peticiones/exigencias infantiles son respondidas casi siempre de forma tan rápida como incuestionable.
Y, claro está, este último detalle los anunciantes lo saben muy bien. No sólo eso: para ellos es como una brecha en un muro, y para allá que se van a aprovecharlo sin ninguna vacilación ó remordimiento. Y es así como se ven vergonzosas maniobras comerciales en las que se bombardea a los niños con todo tipo de productos. No ya con juguetes, que podría tener un mínimo de justificación si los anunciantes fueran un poquito más moderados. Lo preocupante es que les meten a los niños en la cabeza la obligación de pedirles a sus padres cosas totalmente innecesarias como sospechosos batidos con lácteos activos, caseis inmunitas y demás gilipolleces, bebidas refrescantes con mogollón de vitaminas añadidas, tronco, ropa chupiguay para ir al cole a la moda que marca el Corte Inglés, y mucho etcéteras.
Y digo obligación, porque no se olvide que hablamos de niños. El masivo bombardeo publicitario dirigido a un adulto suele ser justificado por anunciantes y empresas publicitarias en función de que se encuentran en un medio altamente competitivo, y porque, en el fondo, los adultos son mayorcitos y bien pueden decidir no hacer caso de tanto anuncio. Pero con los niños no sucede lo mismo, y aquí es cuando los irresponsables de turno se quedan calladitos como tumbas góticas, en las que sólo se escucha de cuando en cuando un rechinar de dientes. Sí, en este caso tienden a olvidarse de ese detalle, porque aquí en el fondo de lo que se habla es de vender. Y nada mejor que enseñar a los niños, que son como esponjas y todo lo aprenden, las ventajas de ser un consumidor desde su más tierna infancia, para que nuestro sistema económico siga yendo viento en popa.
Para algunos, y los de siempre, claro.

Esto me recuerda al documental Super Size Me sobre MacDonalds, en el que explicaba la gran inversión que hacía la empresa en publicidad ara los niños. Realmente inquietante. Película recomendable.