Comencemos con una opinión rotunda: Amarok (1990) es la mejor y más importante pieza instrumental en la historia de la música del siglo XX. No hay nada que iguale esta magistral mezcla aparentemente caótica de música en estado puro, conformada por docenas de bellísimas melodías interpretadas por una heterogénea cantidad de instrumentos y mezcladas por una eficaz labor de producción de primer orden, para conformar así una obra instrumental compuesta por un único tema musical de 60 minutos exactos de duración. Un tema irreverente, magistral, trufado de una asombrosa cantidad de cortas melodías melancólicas, alegres, risueñas y tristes, mezcladas con ruidos de distinta procedencia, con mensajes ocultos, con cambios de volumen, de velocidad, secciones atonales, voces y gritos, sonidos de cristales que se rompen, ruidos de pasos que forman secciones rítmicas, quince minutos en los que se construyen tres clímax distintos cada uno mejor que el anterior…
Amarok constituye la demostración palpable de que Mike Oldfield es un genio. El muchacho autodidacta que con 20 años recién cumplidos alumbró Tubular Bells lanzó una mirada a su juventud quince años más tarde, comprendió las múltiples posibilidades de un estudio de grabación, y puso toda su magia como músico para componer un interminable conjunto de sugerentes melodías subyugantes interpretadas, como buen multiinstrumentalista, por docenas de instrumentos musicales distintos, un montón de guitarras, teclados, instrumentos tradicionales de música celta, española, francesa y africana, al tiempo que explotaba las posibilidades acústicas de juguetes de cuerda, petardos, puertas que golpean… y, sin embargo, lo más asombroso de todo es que no compone un disco aburrido ni engreído, una colección de ruidos sin mucho sentido sólo apto para exquisitos avant-garde. Por el contrario, aunque el disco no es de escucha fácil (todos, sin excepción, nos hemos dicho “pero qué es esto” la primera vez que lo hemos escuchado), sobresale gracias al excepcional talento melódico de Oldfield, que demuestra en cada momento que ante todo, el placer de hacer y de escuchar música es lo más importante.

La compañía de discos de Mike en aquellos momentos, Virgin Records, quiso que el disco se titulase “Tubular Bells 2” por la única razón de hacer caja. Oldfield se negó, y la compañía se vengó no haciendo ningún tipo de promoción, lo que hizo que durante muchos años quizá su mejor trabajo discográfico fuera el más desconocido y el menos vendido. Hoy, sin embargo, suena como siempre, o tal vez mejor que nunca, en una época de basura generalizada que, salvo honrosas excepciones, apenas puede ganarse el apelativo de música. Así que si un buen día te encuentras con esta portada en tu tienda de discos:

no lo dudes ni un momento, es probable que sean los 6 € mejor invertidos de toda tu vida. También es probable, incluso diría que seguro, que mentes a mis muertos tras tu primera escucha. Pero también es seguro que habrá algo indefinible, ciertas melodías, ciertas secciones, que te hayan calado sin que te des cuenta, lo que hará que le des una nueva oportunidad, y después otra.
Y casi pondría la mano en el fuego a que acabarás odiándolo a muerte, o acabarás por comprender todo lo que tiene dentro y se convertirá en uno de los mejores álbumes que habrás escuchado jamás.