El sexo vende. Es más, nada vende mejor que el sexo. Esta es una verdad universal que probablemente sea lo primero que te expliquen el primer día en una facultad cualquiera de estudios publicitarios. Lo segundo seguramente sea que con el sexo se puede vender cualquier cosa, desde vehículos de gran cilindrada hasta productos para la limpieza de un baño. Si os preguntáis qué es lo que explican en la susodicha facultad el tercer día, probablemente sea a cómo mentir descaradamente sin que se sienta un mínimo de vergüenza torera, y los siguientes serán una constante preparación para que eso que algunos llaman escrúpulos no te atosiguen en tu labor diaria de venta de milongas de la pampa argentina.
El caso de los productos lácteos en general y los yogures en particular es especialmente llamativo. Que nadie olvide que en este país la expresión “cuerpo danone” es tan común que sólo le falta que algún académico despistado lo incluya en el diccionario de la RAE como ejemplo de la acepción “cuerpo”. Y resulta sorprendente cómo con la utilización de esa estrategia se ha llegado a convencer a la gente de a pie que la ingesta de yogures es una aliada casi mágica en la importante, no, imprescindible pretensión del ser humano de conformar su cuerpo como una escultura de curvas perfectas con las que convertirse en la envidia de todos cuantos te rodean y llegar así, por fin, a realizarte como persona en este mundo tan competitivo y feroz en el que hay cosas sin importancia que importan mucho y cosas importantes a las que nadie le importan.
El cuento chino, en este caso, se estructura en dos ejes que se complementan realmente bien. Por un lado, la utilización de cuerpos supuestamente perfectos (es decir, perfectos según los cánones impuestos por la moda, la publicidad, y negocios derivados como los gimnasios y las herboristerías, entre otros), que sirve, utilizando el patentado método machacón de repetir las cosas una y mil veces hasta que una mentira se convierta en una verdad, para que el usuario y potencial cliente comprenda que su máxima aspiración en la vida debe ser la de obtener el susodicho cuerpo. Por lo tanto, la primera parte de la ecuación se nos presenta de inmediato: si no quieres ser un pringadillo toda tu vida, si quieres irradiar tanta y tan dulzona felicidad como la de los y las modelos que estás viendo en el anuncio, permanece a la escucha. Y es ahora cuando aparece el segundo eje, que no es sino la solución al enigma. Una vez convencidos de la absoluta necesidad de tener esos cuerpos, se nos deja muy clarito de qué forma tan sencilla podemos conseguirlo. Obviamente, se nos dice, este cuerpazo serrano no es producto de operaciones varias y miles de horas de aerobic, natación y maratones, sino que se debe al consumo de nuestros yogures, que se han revelado, según prestigiosos estudios científicos (pagados a tocateja por los fabricantes, claro, pero eso no deja de ser un detalle sin la más mínima importancia) de la universidad de Kwang-si (Indochina), como la solución mágica y al alcance de cualquier hijo de vecino para la consecución de nuestro tan ansiado objetivo. Por lo tanto, mediante el consumo masivo de nuestros yogures -ojo, no valen cualesquiera, deben ser 0%, sin materias grasas, probablemente ni siquiera tengan nada de yogur pero eso no importa cuando lo que se busca es tan importante como marcar pectorales ellos y curvas de vértigo ellas- conseguirás por fin destacar de entre la plebe que te rodea, todos ellos tan bajitos y feuchos, y gracias a algo tan sencillo como la ingesta de nuestros productos habrás logrado triunfar en la vida.
Y es que aunque hace algunos años resultase paradójicamente absurdo anunciar un producto alimenticio como el yogur sin mencionar sus cualidades para la salud, hoy en día es lo más normal del mundo. Vemos a esas bellezas disfrutando de cada cucharada como si estuvieran echando el mejor polvo de la historia, y sin un ápice de preocupación por los estragos que podrían hacer en su línea, puesto que, se resume como idea principal del tramposo concepto, gracias al consumo del producto anunciado tú también conseguirás ser así, es decir, ser como nosotros sabemos que deberías ser, y no como eres en realidad. ¿Se nota que algo así no se puede hacer si previamente no te han enseñado a no tener ningún tipo de vergüenza ó escrúpulo?

Escribe un comentario