Un lector casual podría plantearse qué razón puede tener alguien, salvo quizá una sorprendente cantidad de tiempo libre que perder y una conexión a Internet no muy rápida precisamente, para iniciar un blog dedicado a parlotear sobre la publicidad en televisión.

Lo cierto es que, y espero no ponerme (demasiado) pedante, la publicidad me sirve como excusa perfecta para observar el mundo en el que vivimos. Cierto es que hay algunos anuncios realmente buenos, y tengo intención de hablar de ellos para no parecer demasiado pesimista a la parroquia, pero la verdad es que me temo que casi todos los días tendremos que comentar un horror que nos permitirá explicarnos las contradicciones y los absurdos de nuestra sociedad. Porque, y he aquí la madre del cordero, la publicidad tiene dos elementos clave que me interesan sobremanera: por un lado, reflejan fielmente nuestro modo de vivir, y voto a brios que ahí tenemos temas para criticar hasta hartarnos, y si no, ya lo iréis comprobando. Por otro lado, consiguen ser referentes de cómo debemos comportarnos, y eso resulta aún más terrible. Sorprende que la publicidad, utilizando su conocido y probado sistema de bombardeo masivo, sea capaz de moldear la sociedad, pero lo cierto es que lo hace. Y a mí me interesa alzar la voz y protestar ante ese atropello consentido a diario.

De todas formas, no os espantéis. Si algo le sobra a la publicidad es lo mucho que podemos reírnos de sus torpezas y su cutrerío y su mala realización en tantas ocasiones. Vamos, que en el fondo espero que la crítica mordaz de cada día vaya acompañada de una sonrisa divertida.

Y si no, que nos devuelvan el dinero.