Acojonado estoy, he de reconocerlo. Yo que pensaba, en mi bendita ingenuidad, que a ella no le importaban gran cosa, y hete aquí que descubro que estaba totalmente equivocado. Resulta que soy atractivo, inteligente, tengo un buen empleo, soy cariñoso, me gustan los niños, sexualmente me salgo gracias a una técnica depurada y a una serie de secretos que no pienso compartir jamás, y sin embargo no me como una rosca ni pagando con Visa Oro. Estaba preocupado, pero he descubierto cuál era la causa: mis arrugas de expresión. Así que, haciendo lógico caso de lo insinuado por el anuncio que hoy comentamos (pocas veces hemos visto a una chica poner tal cara de asco ante un hombre atractivo pero con tan evidentes arrugas de expresión en su careto) he salido de mi casa como si me persiguiera el diablo encarnado en el principal accionista de la marca anunciante, y me he dejado una escandalosa cantidad de pasta en la farmacia a costa de los productos de la susodicha marca para eliminar, en un par de tardes, mis malhadadas arrugas de expresión, causa última de mi ruinosa vida sentimental.

¿Y por qué estoy acojonado, os preguntaréis, si ya he obtenido la respuesta a mis problemas? Porque tengo la desagradable impresión de que esto es la punta de lanza. No sé por qué esto me huele a chamusquina, y antes de que me dé cuenta, cuando siga sin comerme esa dichosa rosca, me enteraré de que mi escaso bronceado (que puedo arreglar con las convenientes visitas a un solarium de pago, ya que el sol puede ser peligroso, ya ves), limita totalmente mis posibilidades de relación y/o conquista con el sexo opuesto (o con el mismo, por aquí somos la hostia de tolerantes aunque parezca otra cosa de vez en cuando), y es probable que todavía después descubra que si no utilizo un after-shave con base de aloe-vera para después del afeitado mi careto prácticamente se caerá a trozos y así no me voy a comer nada, lo que me obligará a pasar de nuevo por caja y a enriquecer un poco más a la farmacéutica de mi barrio, a la que prácticamente acabaré por pagarle de mi bolsillo la educación universitaria de su hija mayor.

Eso sí, también quiero ser positivo, y supongo que en cuanto los benditos mandamases de la industria cosmética masculina hayan conseguido que utilice unas ampollas para estirar la piel y eliminar las ojeras en cuanto me levante, de las de 150 € +IVA la caja de veinte aplicaciones, y me meta en la cama tras una dura jornada en ese duro mundo en el que vivimos previa aplicación de una mascarilla verde pepino que de pepino sólo tendrá el nombre porque el frasco cuesta casi 15.000 de las pesetillas de antes, se habrán quedado contentos por fin.

Aunque a veces sueño con que la chica que antes estaba conmigo tiene un derrame cerebral provocado por las carcajadas, al verme metido en la cama con un par de velitas de aromaterapia compradas en el Ikea, la cara embadurnada emulando al Bill Bixby de La Masa, y un libro entre las manos con el sugerente título de “Metrosexualidad: el seguro camino del éxito”.