Publicidad:
La Coctelera

Categoría: Nos vamos a publicidad

0

Capítulo 56: Miremos el lado positivo - Ronaldinho dejará de hacer anuncios

Parece que pintan bastos en lo que se refiere al jugador brasileño del F.C. Barcelona. Por lo que se ve, no debe estar a gusto con el simple hecho de que en un mundo tan complejo e injusto como éste el muchacho tiene el resto de su vida resuelta sólo porque sabe (¿sabía?) hacer cosas con un juguete -pelota de fútbol- que la mayoría no podría por mucho que lo intentase, así que se dedica a pegarse la vida padre -aún más- con unas juergas nocturnas de las que hacen época. Por lo visto, como su rendimiento futbolero ha bajado lo suyo, ya se está pensando en empaquetarlo rumbo a algún club turco o similar que se deje una pasta por aquí, y a los aficionados al balompié en general esto les parece una pérdida. A mí, como el fútbol ni me va ni me viene, reconozco que la noticia, si se confirma, me alegra bastante. Y no porque tenga nada en contra del muchacho salvo afearle su absoluto desprecio al currante medio, ni porque desee fastidiar las tardes de domingo a los fans de la pelotita. No. En realidad, como soy un bicho raro, me alegro porque así conseguimos dejar de ver a Ronaldinho, y la madre de Ronaldinho, y el hermano de Ronaldinho, y a los imitadores de Ronaldinho en general, aparecer en tres de cada cuatro anuncios televisados a todas horas, cual plaga bíblica. Porque si se puede llegar a entender que un astro deportivo sirva para vender cualquier cosa, lo de su señora madre primero, y lo de su hermano después, ya clamaba al cielo. Ver a prácticamente toda la familia del jugador repartida por los minutos de publicidad de las cadenas vendiendo casi de todo era la leche. Qué descanso, por Dios.

Sobre todo me imagino lo que ha tenido que ser en la sede de los creativos de la marca de desodorantes que planteaban que el numeroso sudor del jugador, ejemplo de trabajo diario, sólo podía ser combatido con la marca que le contrató. Pues anda que no se pueden hacer ahora coñas al respecto sobre lo rápido que ha desaparecido el sudor del futbolista. Espero, por una cuestión de higiene moral, que la lumbrera responsable de tamaña metedura de pata haya sido puesta de patitas en la calle a la voz de ya.

Por otro lado, siempre viene bien confirmar que la famosa Maldición de las Natillas Danone, que por si no lo sabíais deja prácticamente en mantillas la de Tutankamon, sigue estando en plena forma y se ha cobrado una nueva víctima propiciatoria; cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana. Haced, haced memoria de los involucrados en los susodichos anuncios antes del otrora astro brasileño, y luego me contáis.

2

Capítulo 55: Pues a mí el efecto Axe ese no me ha funcionado.

Apreciado señor fabricante:

Reconozco que, por enésima vez, piqué como un pardillo cualquiera. Y eso que tenía acumuladas malas experiencia de tiempos pasados, que para qué le voy a contar. Pero de nuevo su publicidad, en la que un tipo con, como mucho, media hostia, y que talmente podría ser yo mismo por lo tirillas, se veía rodeado de modelos de pasarela pero de las de 100 de pecho, subyugadas en parte (es un suponer) por la irresistible fragancia de sus desodorantes, pero también (y de nuevo es un suponer) gracias a las ocultas pero seguramente ciertas gracias con las que el tipejo en cuestión (o sea, yo mismo desde otro punto de vista) fue regalado por la naturaleza, me hizo creer que lo mismo todo aquello podría ser verdad.

Pero no. Tengo que decir que, de nuevo, a mí el prometido (y muy prometedor) efecto ese no me ha funcionado. Mira que me he vaciado botes del susodicho producto que ustedes fabrican como para abrir un nuevo agujero de ozono a la altura del mar cantábrico, pero ni por esas. El otrora abundante pelo de mis sobacos se ha vuelto curiosa y extrañamente quebradizo tras multitud de usos del desodorante de sus amores; de hecho, ha llegado un momento en el que tenía que caminar con los brazos ligeramente levantados para evitar roces y heridas varias mientras pensaba en lo que tienen que pasar los esquimales cuando el invierno arrecia. Pues bueno, debo decir que ni una sola de esas chicas que salen en los anuncios (de hecho, ni siquiera alguna que jamás saldrían en los anuncios) se ha dignado a acercarse hasta mi persona, víctima de esa especie de imán odorífero impepinable que me habían prometido con su publicidad tantas veces repetida.

Comprenderá que me sienta vilmente estafado, porque cuando uno se dedica a utilizar desodorante como quien se trajina cervezas para combatir esa caló, joé, lo menos que se espera, si tanto anuncio le ha convencido, es que algo de lo prometido suceda. Y cuando uno se ha quedado con cara de bobo y un palpitante dolor de gónadas tras una noche de continuados fracasos, alguna que otra carcajada malvada, y un par de bofetones, lo mínimo que se plantea es el poner un pleito a la compañía, tanto por daños morales como psicológicos. Y también por las hostias recibidas, por cierto.

Sé que le puede parecer una tontería vacua, una vana amenaza que no irá a ninguna parte, y que probablemente se tomará todo esto a coña marinera. Así que sólo deseo recordarle que unas risitas parecidas se le escucharon a las tabacaleras norteamericanas hace algunos años, y no vea la cara que se les quedó cuando comenzaron a verse obligados a soltar la pasta porque multitud de usuarios descubrieron de pronto que el tabaco hacía pupita. Uno avisa porque es hombre de bien y educado, que conste.

Se despide afectuosamente,

Un cliente cabreado, mosqueado, y engañado.



P.D.: Y mi natural elegancia me ha hecho obviar los múltiples problemas de escozor, picores varios, y encogimiento testicular, derivados del uso de sus productos directamente en la bisectriz. Pero de momento dejo tan escabrosos detalles para las preliminares del juicio.

0

Capítulo 54: Ahora, por fin, voy a la moda. Mira qué peluco, macho.

Escena entre el representante de la marca y el creativo publicitario (toma 1):

-¿Qué le parece?
-Pues que quiere que le diga. A mí, el interminable escote de la modelo me distrae tanto que dudo mucho que alguien sea capaz de reconocer que se supone que estamos anunciando nuestra nueva línea de relojes.
-Pero verá, señor: en realidad, ustedes no venden relojes.
-Ah, no?
-Ni por asomo. Ese es un bulo malintencionado, que seguramente provenga de su competencia, para desvirtuar el hecho probado de que su producto es nada menos que un elemento de moda.
-Pues su elevado precio se debe a la precisa maquinaria suiza que integra para dar la hora con exactitud, algo de lo que nos sentimos particularmente orgullosos.
-Si me lo permite, eso son minucias. Nuestra visión de su producto es mucho más moderna y dinámica, y se puede resumir fácilmente con el siguiente concepto: cualquier hombre o mujer que quiera distinguirse de los fracasados que lo rodean necesita llevar en su muñeca uno de sus relojes.
-¿Y por eso la chica?
-Por supuesto. Observe el anuncio que le proponemos: ese bellezón de chica no puede, por sí misma, destacar su obvia inteligencia y buen gusto. Por esa razón, para enfatizar las cualidades que la hacen deseada entre los hombres y envidiada por las mujeres, o lo que es lo mismo y dicho con astucia, feliz hasta hartarse, lleva en su muñeca un reloj de su marca. Eso la convierte automáticamente en el centro de atención, como recalcamos con el enfoque de este plano, que va de su muñeca a su luminosa y confiada sonrisa.
-Ya. Así que quien lleva nuestros relojes se convierte automáticamente en un triunfador.
-Exactamente. El anuncio lo deja totalmente claro, pero con la elegancia y sutileza que nos caracteriza.
-¿Y el escote que deja más bien poco a la imaginación?
-Bueno… digamos que eso son elementos añadidos, para reforzar el mensaje, ya sabe.
-Ya.

Sospecho vivamente que este imaginado diálogo no se aleja demasiado de la verdad. Este tipo de anuncio es un ejemplo prototípico de las maniobras publicitarias actuales, ya que al viejo axioma publicitario de que para vender cualquier cosa no existe nada mejor que el sexo, se le ha unido el más reciente axioma de que la segunda mejor forma de vender casi cualquier cosa es hacer de ella un elemento de moda.
Y hete aquí entonces que un producto de calidad, de cuidada y contrastada mecánica, y con una utilidad evidente (o sea, saber qué hora es), se vende de forma totalmente distinta, creando para ello uno de esos mundos irreales a los que tan aficionados son muchos creativos. Se vende como un objeto de adorno, lo cual en principio no es tan grave: a fin de cuentas, estamos rodeados de relojes, así que el que uno/a lleva en la muñeca se puede considerar una joya, pues bueno. El problema viene cuando, una vez más, los anuncios buscan como si fuera una clave de bóveda el punto exacto en el que todo tiene que estar apoyado, que es el hecho diferencial frente a quienes te rodean.
Que nadie se crea que el que un reloj lo venda un modelo de obvio atractivo es una casualidad; por el contrario, el mensaje es de una claridad tan meridiana que pasaría por burda si fuera utilizada para vender detergente o dentaduras postizas (nótese la fina ironía). Pero es lo que hay: todo debe venderse bajo la misma premisa, y es que tu compra te hace escalar puestos sociales (no se explica muy bien el mágico mecanismo, por cierto), lo cual te hará más feliz en esta perra vida. Incluyendo llevar en la muñeca un peluco con muchas esferitas y sumergible a 150 metros para cuando, ejem, consigas por fin tener tus ansiadas vacaciones de ejecutivo en las Barbados. Ay, le leche.

0

Capítulo 53: Yipi kayei, hijo de puta (con todas las letras)

Estoy indignado. Totalmente. No me fastidies, en pleno año 2008. De vuelta a los tiempos de la Inquisición, o casi. A este paso, dentro de poco volveremos a utilizar cáspita hasta cuando un tren nos pase por encima de un pie. Venga, hombre.

La cosa es que acabo de ver el anuncio de la edición de dvd de La Jungla 4.0, y en un guiño friki bastante obvio, la última imagen del tráiler es el mítico Yipi kayei que nos hizo saltar de las butacas hace ya la tira de años al grito espasmódico de "olé tus cojonazos, Bruce", o variaciones prototípicas del estilo de "de mayor quiero ser como tú y cargarme terroristas centroeuropeos mientras hago chistes sobre donuts".

Pues bien, como en lugar de avanzar retrocedemos como los cangrejos, y para mantenernos acordes con los estúpidos tiempos de lo políticamente correcto, a alguna lumbrera se le ha ocurrido mutilar tan mítica coletilla dejándola en la desganada Yipi kaeiy, hij..., supongo que para que nadie se escandalice ante tal falta de respeto con el malvado al que te vas a cargar sin miramientos y con un puntito de gustirrinín malsano, durante la programación televisiva.

Pues no. Hasta ahí podíamos llegar. Si en horario infantil tenemos que aguantar programas de confesiones patricia style, tomates y otras hierbas, periodistas mercenarios revolviendo la mierda por un punto más de audiencia, y otros horrores cotidiandos a diario, lo mínimo que podemos exigir es que a McClain no nos lo toquen, y que cuando escupa su yipi kayei hijo de puta lo haga con todas sus letras y con preposición de por medio. Coño ya.

0

Capítulo 52: Maldición: hoy ya no puedo comerle la polla

Palabrita del niño jesús que el título del artículo de la no anunciada segunda época de este humilde blog no busca la saturación de visitas de salidos/as en general ni nada que se le parezca. En realidad, es casi una forma de pataleo más bien poco sutil ante la proliferación de un absurdo producto médico-cosmético que en contra de mis predicciones ha debido resultar un éxito porque ya le ha salido competencia: una aplicación con la que combatir el herpes labial.

No voy a recurrir de nuevo a la consabida crítica de que, habiendo cáncer y sida y tuberculosis en el mundo, los laboratorios farmacéuticos se gasten la mayor parte de su presupuesto en I+D en combatir una nimiedad como esa, aunque en realidad lo esté pensando. A fin de cuentas, en principio es una enfermedad como otra cualquiera, más inicua que un catarro, pero que también debe ser combatida. Lo que me molesta soberanamente, y de ahí el título del presente artículo, es la forma de publicitarlo.

Porque no se trata de decir, simplemente, que se trata de un producto que combate la afección etc., punto y se acabó. Algún genio ha decidido que así no se venden estas cosas, así que como siempre apuntan hacia los bajos instintos, ahí tenemos a esa rubia contentísima porque su machote se va a presentar de un momento a otro (y no, no precisamente para tomar el té, sino para lo que estáis pensando), cuando... oh, maldición funesta, la rubia se da cuenta de que el herpes le ha creado una heridita de ná en el labio, pero como esto se contagia a base de morreo, pues la hemos fastidiado: ya no le puedo [insértese aquí el título del artículo]. Y claro, hasta ahí podíamos llegar. Una cosa es que no tenga conversación y la cabeza hueca, y otra muy distinta que tenga que ponerme una bolsa de papel en la cabeza porque me ha salido un herpes en el labio.

En un principio no dije nada, solo lo añadí mentalmente a la cada vez más numerosa sarta de gilipolleces que se venden en las farmacias para que estés perfecto/a, como colirios para que tus ojos estén blancos o pomadas para que el roce de los zapatos no te estropee la piel de los talones. Ejemplos verídicos, por cierto: no podía ser de otra forma.
Pero es que en cuanto he visto anunciarse un producto similar por parte de la competencia, es cuando he alucinado pepinillos en vinagreta pasada de tres meses. Porque si hay competencia, es porque hay mercado, y si hay mercado, es que definitivamente nos hemos vuelto todos tontos y no nos hemos enterado. Como será la cosa que si se te ocurre criticarlo te van a dar hostias dialécticas hasta en el cielo de la boca... ay, qué mundo éste.

2

Capítulo 51: ¿Cuándo hemos dicho que Digestive signifique digestivo?

Si es que hay días afortunados en que a uno le ponen la entrada de la bitácora a puro huevo, oigan. El tema de hoy es la propensión de los publicistas de anunciar productos alimenticios haciendo creer al posible consumidor que son la leche de beneficiosos con tan solo leer su nombre. Un ejemplo reciente proviene de la nueva línea de galletas Fontaneda Digestive, de las que, tras denuncia previa por parte de un experto, han tenido que reconocer (con la boquita pequeña, eso sí, y sin que es signifique la retirada, bien de los anuncios engañosos, bien del propio producto para cambiarle el nombre a todas las etiquetas) que no tienen ninguna propiedad digestiva de especial relevancia. No es que sean indigestas de por sí, claro, lo que pasa es que no provocan ningún efecto positivo sobre la digestión, que es lo que engañosamente hace creer su "casual" denominación.

La cosa debió pintar más o menos de la siguiente forma:

-Necesitamos un nombre llamativo para nuestra nueva línea de galletas. Algo fácil de recordar, y que sugiera salud, por aquello de engañar vilmente a los papanatas darles pistas a nuestros amados clientes.
-¿Galletas "digestivas"?
-Mmmm. Sí, pero, le falta algo. Le falta punch, porque la palabra digestiva, aunque sugiera algo bueno, las cosas como son, suena fea.
-Pues Digestive.
-¡Eso es! ¡Exactamente! El término en inglés le otorga un plus de respetabilidad. En este país de garrulos en el que casi nadie sabe una palabra del idioma de la pérfida Albión, Digestive hace presuponer que los premios Nobel que trabajan duramente en el desarrollo de nuestros productos han creado algo tan novedoso como revolucionario.

Y aprobado, claro. A fin de cuentas, ¿quién se iba a molestarse en comprobar si lo que sugería el nombre era cierto o una coña marinera?
Pero es lo que tiene ese invento del maligno y señal definitiva de la llegada del fin de los días que es Internet: alguien se molestó, las cosas comenzaron a comentarse, y hala, a fastidiarse tocan. Dichosa libertad de expresión...

3

Capítulo 50: Pedazo de mayordomo, tía, te lo juro por Snoopy.

Conociéndome como me conozco, hasta me resulta raro que haya tardado tanto en darle cuartelillo al anuncio que hoy comento. Porque es que para según qué cosas yo soy como los toros, que es ver un trapo rojo y ponerme en plan cafre y cornear a todo lo que se mueve.
Ignoro si el amable lector sabrá de qué narices estoy hablando, así que paso a explicarlo con mucho circunloquio y más palabrería: se trata del anuncio de un limpiahogar, que se hizo famoso (y que nadie me pregunte la razón, que yo sepa es un misterio mayor que el de las líneas de Nazca) por presentar a un mayordomo con cara de pánfilo mostrando algodón lleno de mierda en riguroso primer plano y comentando al pasmado espectador que "el algodón no engaña". Fieles a la típicamente hispana costumbre de apropiarse de coletillas tontas todos a una, la frase en cuestión hizo fortuna, y desde entonces la imagen del mayordomo se hizo indisoluble del producto anunciado, así que durante todo este tiempo se ha insistido en ella con desigual fortuna (por desigual quiero decir mala o peor).

Pero, ay amigo, los tiempos han cambiado. Cierto que algunos dinosaurios como el que suscribe nos resistimos como niños mimados a ello, pero los avances son imparables. Y la marca anunciante no podía ser menos. De esta forma, la idea de un mayordomo del montón embutido en traje de faena pasando algodoncillos por todas partes se ha quedado anticuada, y de acuerdo a los novedosos tiempos que corren, hoy lo que tenemos es a un grupo de treintañeras pijas en celo que, al grito de "tenn mayordomo" (como podéis observar, se trata de un inteligentísimo juego de palabras que haría las delicias de Lewis Carroll) babean con poco disimulado regodeo ante el doble placer de tener un mayordomo que sea el que curre a la hora de dejar la casa de las señoritas del anuncio como una patena, y de admirar que, a modo de plus, sea un tío atractivo con ausencia de razonable sutileza: "pedazo mayordomo".

Ignoro si mis ídolos del Instituto de la Mujer Fashion están barajando la posibilidad de poner las cartas sobre la mesa, pero mucho me temo que, por utilizar otra coletilla que se puso de moda aunque no venga al caso, va a ser que no. Seguramente si tres botarates hiciesen coñas sexistas a cuenta de la criada para anunciar lo que fuera aquí se habría montado un circo del copón, pero ya se sabe como está el percal últimamente con este tema, al que dice algo le ponen a caldo a la voz de retrógrado y mala persona.

De todas formas, reconozco que lo me más me mosquea de la cuestión es la poco disimulada ansia de vender la imagen de triunfo personal asociada al hecho de tener a un mucamo currando en tu casa. La idea de que cómo mola, tía, tener asistente/a para presumir ante las amigas. Que el viejo sueño de trepas al uso de tener una fámula que te llame señorito mientras te plancha las camisas es el colmo del exitazo que tú y toda tu circunstancia merecen. Que, en fin, te convertirás en alguien socialmente mejor por disponer de un esclavo que pase el mocho. Y si está bueno, por aquello de la igualdad de sexos y yo también puedo hacer bromitas al respecto, pues mejor que mejor.

Así nos va en este mundo que estamos creando entre todos.

2

Capítulo 49: Nos importas tú (sobre todo por tu dinero, pero eso queda feo decirlo)

Hay que ver lo mucho que nos quieren, oiga. De forma a veces explícita, a veces algo más solapada, cada vez más compañías de todo tipo y color (desde entidades bancarias hasta empresas de nutrición pasando por vendedores de ropa interior o de material de papelería, da igual) declaran con entusiasmo digno del creador de la rueda lo mucho que les importamos. Así, de un tirón. Nos importas tú, nos dicen mirándonos a los ojos como si fueran nuestros benefactores personales. Nos importas tú, y cada vez que compras uno de nuestros productos, que sepas que lo hemos hecho para ti, porque nos importas demasiado como para arriesgarnos a que vagues por ahí utilizando productos de la malvada competencia. Que no me digan a mí que no es como para echar una lagrimita y todo.

Entenderá el amable lector que ante declaraciones como ésta resulte muy difícil decir algo negativo, salvo que uno sea malvado cual un Fu-Man-Chu de extrarradio cualquiera. Dudar de la irreprochable honestidad del eslógan hoy comentado sólo puede estar al alcance de ratas del desierto como el que suscribe. Sospechar, aunque sea de soslayo y por deformación profesional que cuando nos están diciendo que "nos importas tú" no se están refiriendo a nosotros sino a sus amados y casi siempre acaudalados accionistas, es una bajeza moral digna de este blog. Pensar que de forma tangencial ese "nos importas tú" se está refiriendo al contenido de nuestras carteras es una infamia que los anunciantes en cuestión, probos benefactores de la humanidad, no se merecen de ninguna forma. Porque nadie puede dudar que una empresa ha sido fundada y funciona con la precisión de un reloj suizo para ofrecerte tu merecido bienestar, porque no por nada nos importas tú. Pretender que por el contrario la susodicha empresa se ha puesto en marcha con el único propósito de ganar dinero y que honestamente tú nos importas un rábano porque de ti exclusivamente queremos que te portes como un consumidor responsable que nos haga caso y se gaste su dinero con nosotros, es una falacia que no merece la pena discutir.

Pero aún así, a riesgo de volver a pasar como el eterno pesado que en todas partes ve conspiraciones y tejemanejes varios, debo decir que no me lo creo. Lo siento, pero no. Ya sé que suena bonito, responsable, elegante y conciliador. Sé que decir la verdad, en estos casos, resultaría un tanto chocante (queremos que consumas nuestros productos porque queremos hacer dinero gracias a ti), y que uno no puede ir por la vida enarbolando la honesta valentía de decir que tampoco es que vayamos a envenenarte ni nada, pero de ahí a que nos importes hay un buen trecho. Y aunque yo lo preferiría mil veces (pocas cosas me molestan tanto como que alguien me tome por bobo) y creo que a mucha gente también, supongo que tampoco es cosa de ser tan riguroso en las verdades cuando uno lo que quiere es vender su producto. Pero reconozco que no me importaría que desapareciera ese colegueo tan molesto y tan directo. Ese simpático "cuánto nos importas, amigo" más falso que el beso de Judas.